miércoles, 31 de agosto de 2016

Cartografiando emociones. Nuestra rabia (I)

Junto al miedo y la tristeza, la rabia cumple una función evolutiva, es decir, nos ayuda en cierta manera a sobrevivir. Pero claro, no siempre sabemos cómo hacer que dicha supervivencia se dé en los mejores términos. De hecho ya Aristóteles decía que ´enfadarse es algo muy sencillo. Cualquiera puede hacerlo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente no resulta tan sencillo`. Una observación que de lleno nos conduce a observar la dinámica interna de la emoción en cuestión. Ello porque como dicen algunos, se trata de la más seductora, léase: compleja, de todas.

Y no porque como seducción nos conduzca por el camino de las mieles, sino todo lo contrario. En efecto, más allá de la intensidad con que la rabia se presente, ya como un simple enfado o un auténtico ataque de ira, siempre alentará un irrefrenable diálogo interno. Un ´run-run` lleno de razonamientos adversos e ingobernables, pero a la vez profundamente persuasivos. El ´coctel` suficiente como para reafirmarnos en nuestras creencias. Las ciertas y las no tan ciertas. Por eso, antes de pasar a ver cómo gestionarla, veamos qué ideas se vinculan a ella y cómo, en bruto, podemos utilizarla para obtener información de utilidad sobre nosotros mismos.

El enfado, la rabia y la ira, como grados diferentes de una misma reacción, siempre se relacionan con dos hechos:
    a- estamos haciendo o dando más de lo que queremos.
    b- algo o alguien ha sobrepasado nuestros límites; por eso la sensación primera de injusticia antes que de amenaza.

De ahí la importancia de escuchar nuestra propia reacción, de vivirla y experimentarla. De verla interiormente, no de darle rienda suelta. Ello nos permitirá contactar con:
    a- la naturaleza de nuestros límites.
    b- el talante de nuestros pensamientos.
    c- las situaciones ante las que nos sentimos invadidos.
    d- nuestra capacidad de adoptar conductas asertivas. Ni agresivas, ni cobardes.
Pues sí que puede decir mucho nuestra rabia. En breve, más… 

lunes, 22 de agosto de 2016

Cartografiando emociones. Nuestra tristeza (II)

En relación a la tristeza, hay que decir que la capacidad de recuperar la esperanza tras los obstáculos que la originan y así encaminarnos hacia una visión optimista de la vida no es algo que esté naturalmente dentro de nosotros, pero tampoco fuera. Está a medio camino; ello porque el desarrollo individual permanece vinculado al desarrollo social. Las personas resignificamos y grabamos en nuestra memoria los hechos que nos ocurren, según las reacciones emocionales de quienes nos rodean o de la cultura en la que estamos inmersos.

Por eso las grandes tristezas no desaparecen, mutan en todo caso hacia algo que nos acompañará el resto de nuestras vidas. Algunas veces, una cicatriz saneada, cerrada. Otras, un volcán dormido que nos habita a todas horas. De ahí que lo primero sea siempre evitar la trampa de la resignación. Y lo segundo, intentar recuperar el espacio vital robado. ¿Cómo? Pues optando por mirar a la cara a nuestra tristeza para así transformarla.´El dolor se va solo cuando hemos aprendido de nuestras lecciones`decía Elizabeth Kübler-Ross.

Y como parte esencial de ese mirar, asumir que la tristeza, o mejor dicho, la pérdida que está en su raíz, conllevará un complejo proceso de duelo. Proceso que la propia Kübler-Ross protocolizó. Así, al primer estadio de la negación o no aceptación, seguirán el de la ira y la negociación. Tres etapas que con su relativa duración nos irán haciendo pasar del entumecimiento y la inacción primeras a un cierto intento de recuperación o cambio vital. Seguidamente, la depresión, la impotencia profunda ante lo perdido. Finalmente, la aceptación como modo de incorporar en nuestra vida la pérdida sufrida, un modo activo de hacernos con la realidad y sus límites muy alejado de la resignación.

Pero entre tanto, como formas efectivas de ahuyentar la tristeza y mejorar el duelo, recordemos dos cosas. Primero, son siempre más satisfactorias las buenas acciones que las placenteras. En efecto, las actividades hedonistas no incrementan la sensación de bienestar, por el contrario, sí las actividades significativas.

Segundo, maximizan el bienestar los cambios intencionados antes que los circunstanciales. Cambiar de casa, coche o país donde residir puede producir un alto nivel de satisfacción, pero el mismo será más efímero que cualquier otro cambio vinculado al esfuerzo progresivo, ya sea conquistar una meta o desarrollar una nueva actividad.  

miércoles, 10 de agosto de 2016

Cartografiando emociones. Nuestra tristeza (I)

Al igual que el miedo y la rabia, la tristeza cumple una función evolutiva. Frente a las situaciones de pérdida o el fantasma de la añoranza, la hemos necesitado y la seguimos necesitando para sobrevivir. Aunque claro, no todos nos enfrentamos a ella de la misma manera, de hecho algunas personas son incapaces -hasta clínicamente- de resistir los embates de la vida. Con todo, la mayoría somos suficientemente tesoneros de cara a la adversidad; incluso algunos muestran una especial capacidad ante lo que para otros sería traumático… acaso no conocemos o nos encontramos con resilientes a diario.

La tristeza en sí misma es un estado psico-físico complejo y pertinaz. De hecho, cuando su señal de alarma suena, todos los rincones de nuestra vida son afectados, haciendo de la existencia un camino árido y solitario. En efecto, hoy sabemos que cuando irrumpe afecta a cerca de setenta áreas cerebrales: las que procesan el conflicto y el aislamiento social, la memoria y los centros de recompensa del cerebro, la capacidad de atención y las sensaciones físicas, sobre todo inhabilitándonos para gestionar el gran o pequeño desastre que ha golpeado a nuestras puertas.

Dice Elsa Punset [2009, Inocencia Radical] que en su cruda esencia es un mecanismo defensivo ante el miedo a la perdida. Pero claro, de primeras no lo vivimos así, porque cuando estamos tristes sentimos fundamentalmente dolor. Dolor que vendría a expresar el anhelo de lo que fue o de lo que pudo haber sido. Así, la tristeza -siempre más difusa que el dolor objetivamente causado por esto o aquello- surge porque algo hemos perdido, o porque no hemos podido encontrar aquello que hubiese podido colmar los deseos y vacíos de nuestras frágiles vidas.

En breve, algunas líneas sobre las maniobras con que intentar enfrentarnos a la misma…

Mientras tanto, escribidnos a llamadnos.
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Saludos cordiales.

jueves, 17 de marzo de 2016

Cartografiando emociones. Nuestros miedos (V)

Dentro del esquema que hace a los miedos interpersonales o sociales, vamos a detenernos hoy en los relacionados con las capacidades de logro, con las metas que nos proponemos. Existen al respecto dos dinámicas: la del ´fracasado` en la que la frustración o la decepción serán las sensaciones típicas aún cuando se tengan indicios de éxito, y la del ´perfeccionista` en la que la sensación de valía vendrá dada por lo que se consiga, no por lo que se es.

Originadas respectivamente en la experiencia de exigencias exageradas y en la ausencia de plenos beneplácitos durante la infancia, ambas dinámicas determinarán personalidades muy diferentes. En el caso del fracasado supondrá el esperar siempre poco respecto a sus metas. En el caso del perfeccionista, demasiado.

De este modo, el adulto del primer tipo será aquel que cree no merecer triunfar, de donde sus comportamientos: no arriesgar, no intentar nada nuevo, no cumplir los plazos acordados. En cambio, el del segundo tipo será el que retándose sin cesar, trabajará siempre más duro que los demás. Será el típico austero, con tiempo solo para el desarrollo laboral o profesional. Dos formas evidentemente engendradoras de miedo, dada la inexacta lectura que hacen de la realidad.

¿Qué hacer frente a las mismas? Pues lo de casi siempre. Detectar consistentemente las propias fortalezas y así comenzar a frenar las actitudes de hipercrítica y autoexigencia.

Con esto, damos por terminada nuestra breve cartografía del miedo. En breve intentaremos lo mismo con el resto de nuestras emociones. En particular las disfuncionales; el dolor y la rabia.

Mientras tanto, podéis escribirnos a llamarnos. Estaremos encantados de escucharos o atenderos.
c. Perpetuo Socorro 4, oficina 3 - 50006, Zaragoza
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viernes, 11 de marzo de 2016

Cartografiando emociones. Nuestros miedos (IV)

Retomamos hoy la ´cartografía de nuestros miedos`. Hemos dejado atrás los relacionados con nuestra intimidad. Toca por tanto, comenzar con los que más afectan nuestra relación con los otros, sea en lo laboral, lo familiar o lo social. Como con los miedos intrapersonales, en este caso: el de los interpersonales, también contamos con diferentes esquemas. Comencemos por dos de ellos:

El esquema del excluido: las personas aquejadas por este modelo relacional suelen quedarse en la periferia de la vida social porque temen el rechazo de los demás. Aparecen aquí el niño con el que nadie quería jugar, el que tuvo una familia diferente o el que simplemente no solía encajar. De ahí que las estrategias típicas en este caso consistan en evitar los grupos donde eventualmente pueda haber rechazo, o simplemente estar en esos grupos u otros, sin participar. Aunque también puede darse el hecho de empeñarse por ser el miembro perfecto de los mismos. ¿Qué hacer? Pues un antídoto eficaz consistirá en retar de forma consciente y práctica, este miedo a no pertenecer.


El esquema del miedoso: En este caso hablamos de vulnerabilidad y pérdida de control. Las causas pueden ser muchas: miedos reales o imaginados, referencias familiares alarmistas o catastrofistas, situaciones de indefensión, etc. El comportamiento propio de este modelo es el de la prudencia exagerada, el del temor permanente y marcado. El remedio, como en el caso anterior, retar estos miedos para recuperar así un espacio más amplio donde poder disfrutar de la vida.

En breve, los esquemas restantes...
Mientras tanto, como siempre, podéis escribirnos a llamarnos. Estaremos encantados de escucharos o atenderos.
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